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Entre Tornamesas y Pentagramas: La dicotomía creativa entre DJ’s y Músicos en la producción de nueva música nacional de Swing Criollo

Entre Tornamesas y Pentagramas: La dicotomía creativa entre DJ’s y Músicos en la producción de nueva música nacional de Swing Criollo

En la historia reciente del swing criollo costarricense—uno de los fenómenos culturales más dinámicos y complejos del país—se ha gestado un debate que, aunque no siempre explícito, permea los salones de baile, las producciones musicales y las conversaciones entre bailarines, músicos, gestores y productores: la dicotomía entre DJ’s y músicos en la creación de nueva música nacional para el swing criollo. Esta tensión no es solamente estética; está atravesada por elementos patrimoniales, identitarios, económicos, tecnológicos y comunitarios que muestran cómo un género nacido del cruce, la improvisación y el ingenio popular vuelve, con su vitalidad característica, a replantear cómo debe producirse música para poder sostener y expandir una práctica social viva.


El swing criollo, surgido en los barrios urbanos costarricenses ha sido históricamente una expresión profundamente bailable. Es, ante todo, una forma de relación entre cuerpo, música y espacio comunitario. Su evolución ha estado inseparablemente unida a la existencia de los salones de baile como plataformas de experimentación, donde los bailarines moldean sus estilos y los músicos responden con arreglos que acompañan esa energía colectiva. Sin embargo, en las últimas tres décadas el papel de los DJ’s ha crecido de manera exponencial, desplazando parcialmente a las orquestas en vivo y convirtiéndose en los principales “curadores” del sonido que se programa en fiestas, salones y eventos masivos.


Este reemplazo no fue accidental ni arbitrario. Los DJ’s supieron leer a los bailarines con una precisión casi quirúrgica: entendieron sus tiempos, las pausas, los acentos, los remates, la velocidad ideal por rango de edad y por estilo, las preferencias según nivel técnico y hasta las microtendencias que surgen cuando una figura, un giro o un paso se pone de moda. Elaboraron una lógica musical desde la pista hacia la cabina, construyendo un puente entre la intuición corporal del bailarín y la necesidad de un repertorio nuevo y adecuado que mantuviera vivo el baile social. Muchos músicos, por su parte, se mantuvieron en la tradición del arreglo orquestado, más cercano a la cumbia, al bolero, al chachachá o a la salsa, pero desconectado de la especificidad contemporánea del swing criollo, las necesidades del bailarín y su como práctica social. Esto generó una brecha: mientras las orquestas producían música pensada desde la partitura, los DJ’s construían música pensada desde el movimiento. Los Dj´s entendieron que en este contexto en particular primero esta el baile y luego la música y que por consiguiente, son los músicos y los mismos dj´s los que tienen la tarea de entender al bailarín para crear música y no al revés.


Sin embargo, reducir la cuestión a una rivalidad sería simplificar excesivamente un fenómeno que es mucho más profundo y significativo. La dicotomía DJ–músico en el swing criollo es un reflejo de la transición de un ecosistema cultural que está redefiniendo sus modos de producción, sus economías internas, su cadena de valor patrimonial y su relación con las audiencias. Más que antagonistas, ambos colectivos representan formas distintas de aproximarse a un mismo objetivo: sostener el baile como experiencia cultural y generar música que responda a los códigos estéticos de una tradición viva. La pregunta central, entonces, no es quién tiene la razón, sino cómo se articula un diálogo creativo que permita una nueva etapa en la música nacional del swing criollo, en donde realmente los músicos puedan entender al bailarín y producir nuevas canciones que no se queden en la escucha y pasen a los salones de baile para ser disfrutadas por la comunidad del Swing Criollo.


Para comprender esta complejidad, es necesario situar primero el lugar que ocupa la música dentro del ecosistema del swing criollo. A diferencia de otros géneros donde la música precede al baile, el swing criollo posee una relación inversa: el baile ha moldeado históricamente la música tanto como la música ha moldeado al baile. Los bailarines, creando figuras compartidas oralmente, transformaron ritmos importados en un lenguaje corporal único, y esa expresividad demandó a su vez ciertas características musicales: velocidad media a alta, patrones rítmicos específicos, acentuaciones claras y una estructura que permita tanto improvisación como juego, algo indispensable en los salones. Es un género profundamente dialogado, donde cuerpo y sonido se retroalimentan.


La evolución tecnológica trajo consigo un fenómeno inevitable: la digitalización del entretenimiento bailable. Mientras en las décadas pasadas las orquestas eran el núcleo, la expansión de los DJ’s generó un nuevo tipo de curaduría sonora que no dependía de una gran inversión, ensayos o número de integrantes. Esto democratizó la música en los salones y desplazó ciertas limitaciones estructurales. Un DJ podía adaptar la velocidad de una canción en segundos, combinar repertorio internacional con producciones locales, comprender el estado emocional del público e intervenir en tiempo real para sostener la pista encendida durante horas. El músico, en cambio, responde a otro tipo de lógica: necesita ensayos, arreglos, instrumentos, una alineación técnica, una estructura formal. Esto implica ventajas en calidad interpretativa pero menos capacidad de adaptación inmediata.


Los DJ’s, por su parte, comenzaron a producir sus propias versiones, ediciones, mashups y pistas diseñadas exclusivamente para los bailarines de swing criollo. Surgieron numerosas adaptaciones que no existían en el repertorio tradicional nacional y que calentaron las pistas con una efectividad extraordinaria: fusiones modernas con bases electrónicas ligeras, remixes con velocidades nuevas, reinterpretaciones de clásicos de la cumbia con acentuaciones más marcadas, los llamadores al inicio de la canción como invitación al bailarín para disfrutar de la canción en la pista (herencia de la cumbia colombiana). Estos experimentos respondían a la observación directa de la pista de baile, no a la teoría musical.


Los DJ’s se convirtieron, sin proponérselo, en laboratorios vivos de innovación rítmica.

Paradójicamente, esto evidenció una carencia: la ausencia de un repertorio nacional contemporáneo que dialogara de manera orgánica con el estilo actual del swing criollo. Muchas orquestas seguían produciendo música desde parámetros tradicionales, mientras los DJ’s llenaban la brecha con soluciones creativas pero, en muchos casos, sin la profundidad musical que un arreglo profesional podría aportar. La comunidad de bailarines abrazó estas producciones porque estaban hechas para ellos, pero surgió también la necesidad de elevar la calidad compositiva sin perder la esencia bailable.


Entre Tornamesas y Pentagramas: La dicotomía creativa entre DJ’s y Músicos en la producción de nueva música nacional de Swing Criollo
Dj Santana Master Mix

Producción musical desde la experiencia social

Este punto marca el inicio de la tensión: ¿debe liderar la innovación musical el DJ que entiende la pista o el músico que entiende la estructura sonora? ¿Cómo se encuentran ambos lenguajes sin imponer uno sobre el otro? ¿Cuál es el papel del patrimonio inmaterial en esta negociación contemporánea?


La respuesta requiere examinar las culturas de conocimiento que representan DJ’s y músicos. Los DJ’s poseen un conocimiento situado, corporal y empírico, basado en el ensayo constante con los bailarines. Su autoridad proviene de la experiencia social. Los músicos, en cambio, poseen conocimiento técnico, formal, académico y estructural. Su autoridad proviene de la formación profesional. Ambos conocimientos son válidos y necesarios, pero responden a lógicas distintas. Si no se integran, se corre el riesgo de producir música que no se baile o de producir música bailable sin riqueza musical.


En términos patrimoniales, esta dicotomía es crucial: el swing criollo es hoy un elemento del patrimonio cultural inmaterial costarricense y su salvaguarda depende de la transmisión de sus prácticas fundamentales. Entre estas prácticas, la música ocupa un lugar central, pero la música real del swing criollo se construye entre salón, cuerpo, oído y creación colectiva. Por eso, si los músicos continúan creando sin comprender la corporalidad del swing criollo actual, seguirán produciendo obras valiosas pero desconectadas del uso social vivo. Y si los DJ’s producen pistas funcionales pero sin una base musical sólida, se corre el riesgo de empobrecer el repertorio a largo plazo. El desafío no es escoger uno de los dos caminos, sino articular una alianza creativa estructural.


Una cuestión crítica surge aquí: ¿por qué los DJ’s han logrado conectar más rápidamente con los bailarines que muchos músicos? La respuesta reside en la forma de observación. Los DJ’s trabajan con retroalimentación inmediata: la pista está llena o vacía. El público vibra o se detiene. La respuesta es instantánea y permite ajustes en segundos. El músico, en cambio, crea en un entorno aislado: su retroalimentación llega después, en escenario o en grabación. Esto no implica superioridad de un método sobre el otro, sino que confirma la necesidad de que los músicos costarricenses que quieran producir realmente música de swing criollo se acerquen más a la cultura bailable para entender sus códigos implícitos.


Los bailarines no bailan solamente siguiendo la métrica musical. Bailan siguiendo los acentos emocionales, los remates, los quiebres, las pausas que le permiten a la pareja crear juego. Bailan con la memoria del estilo, con una temporalidad de 6 tiempos en sus movimientos, con la picardía heredada de los años sesenta y setenta. Bailan con la historia social de los barrios, con el espíritu de la improvisación y el carácter festivo que define al género. Cuando un DJ detecta qué canción genera más juego, más figuras, más participación, ajusta su repertorio. Cuando un músico comprende esa lógica desde la raíz, puede crear obras que no solamente funcionan, sino que enriquecen el acervo cultural.


Por eso, una de las grandes reflexiones contemporáneas en la producción de música para swing criollo es la necesidad de formar músicos en lectura corporal del baile. Así como existen músicos especializados en música para danza contemporánea, ballet, salsa, tango o flamenco, Costa Rica requiere músicos especializados en la gramática corporal del swing criollo. Esto implica estudiar la cadencia, la energía, los tiempos musicales del baile, los sonidos que funcionan para llamar al bailarín a la pista, los rangos de BPM adecuados para diferentes estilos de baile, los acentos esenciales para remates, los momentos de descanso, la estructura que permite improvisación sin perder la esencia. No basta con “tocar rápido” ni con replicar patrones de cumbia. El swing criollo exige una estética propia que se ha ido depurando en el cuerpo de los bailarines durante más de cincuenta años.


Del otro lado, los DJ’s han demostrado una capacidad notable para interpretar esa estética, pero requieren también asumir un papel más consciente en la producción cultural. Crear nuevas pistas sin comprender la estructura musical puede limitar la evolución del género. De ahí que la colaboración entre DJ’s y músicos se vislumbra no solo como posible, sino como necesaria. Los DJ’s aportan la comprensión del movimiento; los músicos, la comprensión sonora. Juntos pueden construir un repertorio nacional contemporáneo que haga justicia a la riqueza cultural del swing criollo.


Entre Tornamesas y Pentagramas: La dicotomía creativa entre DJ’s y Músicos en la producción de nueva música nacional de Swing Criollo
Orquesta Filarmónica de Costa Rica

Una potencial industria musical

La industria musical costarricense vive hoy un momento propicio para este diálogo. El creciente interés en el swing criollo como elemento identitario nacional, su visibilidad en festivales y espectáculos, y los procesos de salvaguarda impulsados por instituciones como el Ministerio de Cultura y Juventud y la Comisión Nacional para la Salvaguarda del Swing y Bolero Criollos abren espacios para una nueva institucionalidad creativa. Esta institucionalidad—si se diseña con criterio de patrimonio vivo—puede promover talleres de co-creación entre músicos y DJ’s, promover residencias artísticas centradas en el baile social, incentivar la investigación musical aplicada a prácticas comunitarias y fomentar que las orquestas costarricenses desarrollen repertorio nuevo a partir de las dinámicas reales de la pista.


Un punto fundamental en esta discusión es el rol económico. Las orquestas requieren inversión, logística y honorarios altos; los DJ’s representan opciones más accesibles para eventos sociales, lo que ha generado cierta percepción de competencia. Pero pensar esto como una batalla económica es una visión reducida. La verdadera sostenibilidad del género depende de un ecosistema donde coexistan ambos modelos. Los salones grandes pueden programar orquestas selectas que dominen el repertorio del swing criollo; mientras tanto, los DJ’s pueden cubrir espacios cotidianos, fiestas populares, ensayos comunitarios y sesiones más íntimas. La complementariedad es posible, pero requiere una comprensión mutua.


En términos socioculturales, también se observa una tensión generacional. Muchos DJ’s jóvenes crecieron escuchando swing criollo desde la perspectiva del salón, mientras que algunos músicos de generaciones mayores se formaron en repertorios tradicionales donde el swing criollo no era una prioridad. Hoy es necesario construir un puente intergeneracional donde músicos jóvenes se acerquen al swing criollo con apertura y donde músicos veteranos dialoguen con productores digitales que han descubierto nuevas posibilidades creativas.


Este proceso tiene una dimensión política y patrimonial importante. La salvaguarda del swing criollo exige que la música que acompaña al baile sea reconocida como parte del entorno patrimonial. Esto implica no solo la preservación de repertorios clásicos, sino la generación de repertorio nuevo que responda a los códigos actuales del baile. No se puede salvaguardar un género bailable sin apoyar simultáneamente a sus productores musicales. En este sentido, el Estado costarricense podría impulsar líneas de fomento para la creación musical aplicada al swing criollo, residencias de composición, programas de estímulo para orquestas y DJ’s, y espacios de formación cruzada donde ambos grupos puedan aprender de sus fortalezas.


La dicotomía entre DJ’s y músicos revela también preguntas sobre autoría y legitimidad. ¿Quién tiene la autoridad para definir qué es música de swing criollo? ¿El músico con formación profesional o el DJ que vive la pista cada día? La respuesta, desde la mirada del patrimonio inmaterial, es clara: la legitimidad la da la comunidad portadora. Si los bailarines reconocen una pista como “bailable” dentro del estilo del swing criollo, esa pista tiene sentido cultural. Pero legitimidad no es lo mismo que calidad, y el objetivo de una política cultural integral no es escoger entre legibilidad social y calidad artística, sino unirlas. La construcción de nueva música nacional de swing criollo debe aspirar a ambos principios: respetar el uso social y elevar la producción creativa.


Finalmente, la dicotomía entre DJ’s y músicos en el swing criollo es, en realidad, una oportunidad histórica. Representa el momento preciso en que Costa Rica puede consolidar una industria musical propia para un género local que no existe en otros países. El swing criollo no es simplemente un ritmo; es una manifestación cultural que sintetiza identidad, memoria, creatividad urbana, expresividad corporal y comunidad. La música que lo acompaña debe estar a la altura de esa complejidad. Para ello, es necesario que los músicos comprendan la lógica del baile y que los DJ’s comprendan la lógica musical. Solo así será posible crear obras que no solo llenen la pista, sino que construyan legado.


El futuro de la música nacional del swing criollo depende de un encuentro: el de las tornamesas y los pentagramas, el de la pista y la composición, el del DJ observador y el del músico creador. Depende de que ambos dejen de verse como extremos y reconozcan que forman parte de la misma misión patrimonial: sostener un género vivo que pertenece al pueblo costarricense. Si el swing criollo nació del ingenio popular al reinterpretar músicas foráneas, su futuro podría nacer de un nuevo tipo de diálogo creativo, uno en el que DJ’s y músicos co-creen, co-investiguen y co-evolucionen. En ese encuentro, más que dicotomía, habrá sinergia. Y en esa sinergia, el swing criollo encontrará su próxima gran etapa.


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